Evitando el POP

Bahía de las ascuas, parte occidental de la isla. Tacoronte ha perdido el rastro de Hal el hambriento y vuelve, cabreado como siempre, con Johnny y Darleen.

– ¿Ya se te ha pasado el berrinche? – Le preguntaba Johnny al charr.

– ¡Pues claro que no, Johnny! – Le respondía Tacoronte bastante malhumorado.

– ¿Pero por qué te molesta tanto este tema? – La joven pelirroja se preocupaba por el charr.

– Mira Darleen, en este mundo hay dos tipos de personas, están los depredadores, que lo devoran todo a su paso, y luego están las presas, comiendo sus plantitas con miedo a que llegue un depredador ¿Tú qué eres, una presa o un depredador? – Tacoronte parecía bastante orgulloso tras su exposición acompañada de gestos.

– Yo no lo veo así. – Le respondía la joven humana.

– ¿A no? ¿Y a quién conoces tú que no coma carne y no actúe como una presa? ¡Venga, dime! – El charr le vacilaba a Darleen.

– A mi hermana. – Le contestaba tranquilamente.

– ¿Queeeeeeeeeeé? – La cara de Tacoronte era un poema, lástima de nadie la viera porque siempre lleva el casco puesto.

– Es verdad, Larisa no come nada de carne. ¿No te habías fijado hasta ahora? – Le preguntaba Johnny.

– Emmm ¿Nooo?… Ejem.. La cuestión es que… tenemos que desactivar una máquina más antes de que la isla haga POP. – El charr peleón cambiaba de tema.

– Buena idea. – Decía Johnny y los tres se pusieron en marcha.

Anduvieron unos largos minutos hasta que llegaron a la fortaleza mursaat. Allí se encontraron con un fantasma que los recibió de buen agrado, rompiendo el silencio incomodo que se había creado.

– Saludos Johnny. Cuidado hay dentro, las defensas de esta fortaleza pueden hacerte picadillo. – El fantasma saludaba a Johnny Quaggan.

– ¿Conoces a Johnny? – Le preguntaba Darleen.

– Es el Comandante, todos lo conocen. – Tacoronte se metía en la conversación.

– Gracias por la advertencia, pero tengo que entrar a la fortaleza. En ella hay una máquina que necesito activar. – Le explicaba el nigromante.

– Si no tienes pinta de Mursaat te atacaran los ensamblajes de jade. – Le avisaba el fantasma.

– ¿Y si me disfrazara como uno de ellos? – Preguntaba Johnny.

– ¡Eso podría funcionar! Hay una armadura mursaat por aquí cerca que podrías usar… – Contestaba el fantasma.

– Creo que no me va a hacer falta. – Johnny señalaba a sus dos compañeros que ya estaban destrozando las defensas de la fortaleza.

– Pero la armadura… – Trataba de explicarle el fantasma.

– Gracias de todas formas. – El nigromante lo dejaba con la palabra en la boca y se unía a sus colegas.

En un momento acabaron con todos los ensamblajes de jade que se interpusieron en su camino.

– Muy buenas esas trampas que pones. – Tacoronte le hacía un cumplido a Darleen.

– Gracias, tu cien filos también es impresionante. – Le contestaba la joven pelirroja.

Johnny se quedó mirando a ver si le hacían algún halago, hasta que Darleen y Tacoronte se dieron cuenta.

– No tío, lo tuyo da asco. – Negaba Tacoronte con los brazos.

– Por los seis, haz que se vayan ya. – Le rogaba Darleen.

– Está bien… – Johnny, de mala gana, hacía desaparecer sus horrores dentados.

– Y a ese también, Johnny. – La jovencita le señalaba al gólem de carne.

– Nooo… ¿En serio? Pero si es el mejor de mis siervos. – Johnny no se lo podía creer.

– Y también el que da mas asquito. – Le aseguraba Darleen, y Tacoronte lo confirmaba meneando el casco de arriba a bajo.

– Está bien. – Johnny hacía desaparecer a su gólem de carne con un gesto. – Pero os quedáis fuera, entraré yo solo.

Johnny se dirigía a la entrada de la fortaleza, una puerta tallada en la roca del volcán, con un símbolo en forma de flecha. Intentaba empujarla, pero la puerta no se abría.

– Ejem, Tacoronte, ¿Me haría el favor? – Educadamente, Johnny le pedía ayuda al charr.

– Como usted ordene, mi Comandante. – El charr de armadura azul esmaltada se burlaba de él. Se acercó a la puerta y de un golpetazo salvaje con su puño la echó abajo.

– Es un honor contar con su colaboración. – Johnny le seguía el juego.

– Pues súbeme el sueldo. – Le pedía el charr con un gesto.

– Pero si yo no te pago. – Le contestaba Johnny mientras se colaba en la fortaleza.

– Grrrr. – El charr replicaba con un gruñido.

Una vez dentro Johnny averiguó que la fortaleza no escondía otra cosa que una pequeña cámara donde se encontraba la máquina enana. El nigromante se palpó los bolsillos y al no encontrar el dedo del enano Rhoban entró en pánico, pero volvió a hurgar en ellos y lo encontró. Suspirando del alivio el Comandante activó la última de las máquinas y así detuvo las sacudidas que anunciaban la inminente explosión del volcán.

– ¿Cómo vas ahí dentro? – Se preocupaba Darleen.

– Bien, ya esta activada la máquina, ahora deberíamos volver con Cararroca. – Sugería Johnny.

– Otra vez a los condenados tubos térmicos, genial. – Se quejaba el charr.

De vuelta al campamento skritt, el grupo de Johnny se encuentra a Dos Notas y Peter el Bardo tirados en el suelo rodeados de skritts, todos alrededor de una fogata ya apagada. Johnny se acercó al sylvari con mucho cuidado de no hacer ruido y agarró su trompeta, se preparó para respirar todo el aire posible para luego hacer sonar la trompeta con todas sus fuerzas. El estruendo despertó a todos los skritts y a sus dos colegas.

– ¡A cubierto!, ¡Nos atacan los mordrems! – Gritaba Peter el Bardo que sin pensárselo dos veces levantó su enorme martillo y golpeó a Dos Notas lanzándolo por los aires.

– ¿Qué? ¿Qué? ¿Qué? – Gritaban algunos skritts que salieron corriendo.

Johnny se giró sobre sus talones y lanzó su aferramiento espectral sobre Dos Notas antes de que  éste aterrizara en el suelo, y lo atrajo hasta él.

– Tengo mucho frío… y me duele todo el cuerpo. – Se quejaba el sylvari, mareado del viaje que había recibido.

– Lo siento amigo, te confundí con uno de los malos. – Se disculpaba el norn con Dos Notas.

– No pasa nada, ahora sé lo libre que se siente el Señor Cuervo al batir sus alas. – Deliraba el sylvari azul.

– Buahahaha ¡Sigue dormido el hippy este! – Se reía Tacoronte.

– ¿Se puede saber que estabais haciendo mientras nosotros nos encargábamos de que esta maldita isla no hiciera POP? – Les reñía Johnny Quaggan.

– Nos hacíamos amigos de los skritts, eran nuestras órdenes. – Se explicaba Peter el Bardo.

– Ellos defender skritts. – Decía un skritt con bandana.

– Y ellos animar skritts. – Añadía otro skritts que seguía tirado en el suelo.

– ¡Sí! ¡Sí! ¡Sí! Gran norn con bigote y sylvari cabeza hueca ser grandes amigos de los skritts, ellos mejores amigos de la historia. – Gritaba el skritt al mando del campamento.

– Creo que tienen razón, Johnny. – Le comentaba Darleen al Comandante.

– Sí… puede que sea así. Ahora si me disculpáis, tengo que hablar con Cararroca. – El nigromante se adentraba en la tienda del enano.

– Las islas están en calma. Supongo que has encontrado todos los artilugios, ¿eh? – Le preguntaba Rhoban a Johnny, pero el nigromante no contestaba. – ¿Me oyes amigo?, tienes la mirada perdida.

Por un momento todo se quedó a oscuras y en silencio para Johnny. Un montón de chispas y reflejos de luz fueron apareciendo frente a él trayéndole la visión de un horizonte. Se trataba de una selva en la que su visión se perdió, atravesando ramas y hojas hasta que llegó a un lugar que le resultaba familiar. Era una construcción dorada que contemplaba desde el cielo, era Tarir. Justo cuando Johnny adivinó de qué lugar se trataba, su visión viajo en picado a la sala del huevo, mostrándole unas enredaderas que trataban de llegar a él. Su visión acaba con la explosión del huevo en mil pedazos de cristal que desaparecen en la oscuridad.

– ¿A dónde ha ido a vagar tu mente? ¿Estás bien? – Le preguntaba el enano.

– Acabo de tener una visión. – Afirmaba Johnny.

– ¿Una visión? ¿No será que el calor te está afectando? – Sugería Rhoban.

– No ha sido una alucinación. Tengo que volver a Tarir lo antes posible. – Añadía el Comandante.

– Supongo que tendré que creerte. En fin, gracias por tu ayuda, amigo. Las Islas de Fuego te deben una. – Se despedía así el enano.

Johnny salía de la tienda apresurado y algo confuso por su visión.

– ¿Sucede algo Johnny? – Le preguntaba Darleen.

– He tenido una visión… Tarir… El huevo, tengo que ir a verlo, puede que esté en peligro. – Les explicaba el nigromante.

– ¿No te estará afectando la calor? – Peter el Bardo le preguntaba lo mismo que el enano.

– No, no es eso. Estoy seguro de lo que he visto. – Afirmaba Johnny.

– Mi querida Pequeño Desastre también tuvo una visión cuando dejaron allí el huevo, puede que sea cierto. – Contaba Dos Notas.

– ¡Genial! ¡Vamos a visitar Tarir! – Aplaudía ilusionada la joven pelirroja.

– De nuevo con los mini raptors, yupi… – Añadía Tacoronte poco ilusionado de tener que encontrarse de nuevo con esos malditos bichejos.

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