Hal el Hambriento

El equipo de Johnny Quaggan se separó de nuevo en la Bahía de las Ascuas. Por un lado, Peter el Bardo y Dos Notas se quedaron ayudando a los skritts en su campamento para ganarse su amistad. Por otro, Darleen, Tacoronte y Johnny fueron en busca de las máquinas enanas para activarlas y evitar la inminente explosión catastrófica del volcán. La primera de las máquinas de los enanos ya ha sido desactivada, la siguiente está en el cráter del volcán.

– ¿Estás segura de que estos son los tubos térmicos esos? – Le preguntaba Johnny a Darleen.

– Tienen que serlo. Los chicos del circo me dijeron que los usan para viajar de una punta de la isla a otra. – Le contestaba la jovencita pelirroja mientras se introducía en una pequeña fosa de lava, de la que salió catapultada un segundo después en dirección al cráter.

– Vaya, parece ser que sí que funcionan. Pues hala, al agujero. – Decía Johnny cuando saltó al tubo térmico y salió disparado también.

– Sí,  buena idea esa de meterse de cabeza en un foso de lava… Malditos humanos… En fin, tendré que probar yo también. – El charr de armadura azul esmaltada se introducía en otro tubo térmico y salía disparado como una bala hacia el este.

Segundos después aterrizaba Johnny en el interior del cráter donde Darleen ya lo estaba esperando.

– Ha sido una pasada. Tengo que recomendárselo a mis amigos de Linde. – Decía muy animada la joven guardiana.

– Me ha recordado a un viaje por los aires que hice por culpa de Taimi, al menos este aterrizaje ha ido mejor. – Comparaba Johnny su viaje con el que hizo en Maguuma.

– ¿Y Tacoronte? – Preguntaba Darleen por su compañero charr.

– Ahí va. – Señalaba Johnny por encima de sus cabezas.

– No tiene pinta de que vaya a aterrizar aquí. – Comentaba Darleen mientras observaban la trayectoria del charr como si de un cometa se tratase.

– Pues no, a saber donde cae el descerebrado este. – Johnny se encogía de hombros. – Prosigamos la búsqueda, ya se las apañará para volver.

Un par de kilómetros más al este, Tacoronte aterriza en una playa abandonada. Un instante después el charr siente que la arena empieza a temblar hasta que del suelo emerge un karka veterano enorme y sus montones de crías.

– ¡Oh sí! ¡Hora de merendar nenas! – Tacoronte, que recordemos ya había comido carne de chak junto a Dos Notas hace poco en el laboratorio de Taimi, desenvaina su mandoble, dispuesto a rebañar esos caparazones de karka.

Volvamos al cráter, Johnny y Darleen tratan de cruzarlo de punta a punta, hasta llegar a la máquina enana que divisaron a lo lejos.

– Joder, esto está plagado de sierpes, légamos y diablillos de fuego. – Se quejaba Johnny Quaggan.

– ¡A que sí! ¡Esto es divertidísimo! – Gritaba de emoción Darleen mientras le daba caza a todos los bichos de la zona.

– Esta renacuaja me recuerda a Lord Faren, solo que a Lord Faren habría que rescatarlo de los légamos. – Decía Johnny para si mismo.

– Ya casi estamos, solo nos quedan un par más de sierpes por el camino. – Señalaba la joven pelirroja.

– Eso encárgate tú de ellas que ya hablo yo con el asura aquel. – Le contestaba Johnny cuando se acercaba a la máquina de construcción enana.

– ¡Excelente, un ayudante! Tengo que agradecérselo a Taimi cuando salgamos de aquí. – Decía el asura al ver llegar a Johnny.

– No te flipes amigo, que soy el comandante Johnny Quaggan. – A Johnny no le sentó bien que lo tratasen de ayudante.

– Sí, sí, sí. Y yo soy el concejal Phlunt. A ver, ayudante, ¿Qué crees que es este artilugio? – Le preguntaba el investigador asura a Johnny.

– Es un dispositivo enano. Uno de cuatro. Y si no lo arreglamos y lo activamos, la isla entrará en erupción. – Le explicaba el nigromante.

– Estás muy bien informado para ser un ayudante. Me parece haber visto más piezas por los alrededores del cráter. Supongo que podré arreglarla si me traes las piezas que faltan. – Le explicaba el asura.

– Ok, las traeré de vuelta enseguida. – Contestaba Johnny.

– Pero que buen ayudante me ha mandado Taimi. – Se le veía bastante feliz al investigador asura.

– Darleen, buenas noticias, tenemos que peinar el cráter en busca de piezas de la máquina. – Le gritaba Johnny a la joven guardiana que se entretenía matando légamos y diablillos.

– ¿Piezas como esta? – La jovencita le mostraba un trozo de metal que encontró en el suelo.

– Supongo que sí. Tenemos que encontrar el resto para reparar la máquina enana. – Le explicaba Johnny.

– Guay, he visto algunas más por aquí cerca, yo me encargo. – Le decía Darleen a Johnny.

– Así da gusto, igualito que un par de idiotas que yo me conozco. – Pensaba Johnny en voz alta.

En el campamento skritt, de repente Dos Notas empieza a actuar raro.

– ¿Pasarte algo amigo? – Le preguntaba un skritt al sylvari azul.

– No, nada, solo que de repente me empezaron a pitar los oídos. – Se explicaba Dos Notas.

– ¡Que no pare la fiesta! – Peter el Bardo le hacía un gesto al sylvari y ambos continuaron con el espectáculo musical que habían organizado en el campamento skritt tras la marcha del comandante.

De vuelta al cráter, Darleen ya ha recuperando todas las piezas de la máquina y se dirige junto a Johnny a entregárselas al asura.

– Has demostrado ser más útil de lo que me esperaba. Y además te has buscado tu propia ayudante. Excelente. – Le decía el asura mientras ensamblaba las piezas de nuevo en la máquina enana.

– Y ahora que esta listo, activémosla. – Johnny sacaba el dedo del enano y activaba la máquina.

– Brillante, le arrancaste el dedo a un enano para poder activarla. El ayudante supera al maestro. Enhorabuena. – El investigador aplaudía a Johnny.

– Esto, sí claro, como si no iba a conseguir el dedo de un enano, si no era arrancándoselo. A todo esto, ¿Sabes dónde podríamos encontrar otra máquina de estas? – Le preguntaba Johnny al asura.

– Pues claro. Hemos detectado la señal de otro de estos dispositivos en la fortaleza mursaat que está al oeste de la isla. Ya lo habríamos investigado pero es un lugar bastante peligroso. – Le advertía el investigador asura.

– Gracias por la información. Darleen, pongamos en marcha. – Ordenaba Johnny.

– Ya estoy aquí, ¿Me he perdido algo? – Tacoronte se presentaba en el cráter.

– Pareces cansado, ¿Qué te ha pasado? – Le preguntaba Johnny al charr.

– Cansado no, estoy reventando. Había un montón de karkas donde aterricé… – Se explicaba Tacoronte.

– Bueno, esta máquina ya está activada, vamos a por la siguiente. – Le decía Darleen.

– Y esta vez métete en el mismo tubo térmico que nosotros, atontao. – Le regañaba Johnny.

Johnny, Darleen y Tacoronte se dispusieron a cruzar de nuevo la isla en dirección este con la ayuda de los tubos térmicos. En mitad del viaje Johnny rectificó su trayectoria por que vio a un viejales hacerles señas desde una cornisa. Los tres descendieron planeando hasta el pobre humano, que tenía una pinta horrible, como si llevara meses allí perdido.

– ¿Te encuentras bien amigo? ¿Podemos hacer algo por ti? – Le preguntaba Johnny al vagabundo.

– Me llamo Hal, soy un ermitaño. Me preguntaba si llevabais algo que me pudiera echar a la boca. – El ermitaño parecía estar bastante hambriento.

– Pero si tienes un montón de manzanos allí enfrente ¿Porqué no te acercas en un momento? – Le preguntaba Darleen.

– Da igual Darleen, da la casualidad que me ha sobrado algo de carne karka, un manjar exquisito, aquí tienes amigo. – Tacoronte le ofrecía comida al hambriento de Hal.

– No gracias, soy vegano. – Hal el hambriento le rechazaba la comida al charr.

– Tranquilo Tacoronte, no hagas ninguna locura, no merece la pena. – Johnny intentaba persuadir al charr de que le hiciera un cien filos al pobre de Hal.

– ¡¡¡Que no come carne!!!! Johnny te lo pido por tus estúpidos dioses, deja que me encargue de él. – El charr trataba de librarse del Comandante para alcanzar a Hal con su mandoble.

– Huye, Hal, ¡huye! – Le gritaba Darleen al hambriento ermitaño, del que nunca más se supo nada.

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