Bahía de las Ascuas

Islas de Fuego, Bahía de las Ascuas. De un portal que apareció de la nada salió un enorme norn calvo que cayó sobre un destructor de Primordus. El grupo que se separó en Rata Sum vuelve a juntarse.

– Tú, Peter, trae al destructor chafado ese para acá que esta amiguita se lo va a llevar a Taimi. – Johnny señalaba a la investigadora Twili, otra de las colaboradoras asura de Taimi.

– Buen trabajo, ten por seguro que le haré llegar las muestras. – Afirmaba la investigadora.

Mientras hablaban con la asura un terremoto sacudía los cimientos de la isla bruscamente.

– ¿Qué ha sido eso? – Preguntaba la joven Darleen, y todas las miradas fueron a parar a Tacoronte.

– ¿Porqué cada vez que pasa algo malo me miráis a mi? – Se enfadaba el charr de armadura pesada.

– Es la costumbre… – Se disculpaba Johnny.

– Oh, oh. Eso… no ha sido normal. – Decía la investigadora Twili.

– ¿”No ha sido normal”? ¿Cómo que “no ha sido normal”? – El nigromante se empezaba a preocupar.

– La actividad volcánica y sísmica es constante en la Bahía de las Ascuas, pero esta intensidad no tiene precedentes. Dada la presencia de Primordus puede que la isla esté en peligro. Uno de mis colegas estaba al cargo de monitorizar la actividad sísmica cerca de aquí, al este. Puede que él sepa más – Se explicaba la asura.

– Lo buscaremos. – Johnny dejaba a la investigadora en su puesto y marchaba al este en busca del otro asura. Atravesando un camino repleto de destructores y fuentes de lava el grupo se encuentra al asura subido a unas rocas examinando una extraña construcción de metal esférica. El asura estaba teniendo una discusión consigo mismo sobre cómo activar el mecanismo del aparato en cuestión. Junto al asura, un skritt con un pañuelo rojo en la cabeza los observaba de llegar.

– ¿Qué esta pasando aquí? – Preguntaba Johnny al asura.

– Según los skritt, este dispositivo está relacionado con la actividad sísmica de la isla. Si no conseguimos activarlo la presión irá acumulándose hasta que, como dirían los skritt… “pop”. – Le contestaba el explorador asura.

– Pop, pop, ji ji ji. – Se reía el skritt.

– O puede que todo sean sandeces. Lo cierto es que no entiendo ni la mitad de lo que dicen estas criaturas. También dicen que un tal Cararroca sabe más, pero no me dejan acercarme a él para preguntarle como funciona esta máquina. – Explicaba el explorador asura.

– Nosotros hablaremos con ellos. – Le decía Johnny al explorador cuando se dirigían al campamento skritt.

– Hola señor skritt, ¿puedes decirnos dónde está el señor Cararroca? – Dos Notas se dirigí así al skritt que les acompañaba.

– Cararroca estar en campamento skritt. Skritts cuidar de él como si fuese shiny. – Le explicaba el skritt del pañuelo rojo.

– Desde aquí se ve el campamento, está tras aquel río de lava. – Señalaba Tacoronte.

– En marcha pues. – Ordenaba Johnny.

Los skritts de la zona se enfrentaban a los destructores para frenar su llegada al campamento. Varios skritts que se encontraban custodiando la entrada a la tienda principal les cortaron el paso.

– Tú, ¿qué querer de Cararroca? ¡Hablar! ¡Hablar! – Les interrogaba el skritt al mando.

– Déjanos pasar, tenemos que hablar con el Cararroca ese. – Contestaba Johnny.

– ¡No! Nadie ver a Cararroca sin permiso skritt. Sólo amigos de los skritts. – Se negaba el skritt.

– Nosotros somos amigos de los skritts. Mira este es mi amigo Dos Notas y os va a ayudar curando a los skritts heridos. – Johnny trataba de ganarse la confianza de estas criaturas.

– Hmmm esta bien, pero aún no amigos de los skritts. – El skritts aún no les dejaba entrar.

– Esta bien, esta bien. Peter, ¿puedes ayudar a nuestros amigos skritts con la defensa del campamento? – Le pedía Johnny al norn.

– Cuenta conmigo. – Decía Peter mientras se marchaba martillo en mano a machacar destructores de Primordus.

– ¿Y ahora somos amigos de los skritts? – Le preguntaba Johnny al skritt encargado.

– ¡Sí! ¡Sí! Skritts ahora a salvo. ¡Pasar! ¡Pasar! – El skritt les daba su permiso para pasar al interior de la tienda.

La tienda estaba hecha de madera y trozos de metal que los skritts habían ido consiguiendo por la zona, y tenía aspecto de venirse abajo en cualquier momento. En el centro de la tienda, sobre unas cajas de madera, una elegante silla sostenía los restos del llamado Cararroca. Se trataba de un enano de piedra hecho añicos, del que tan solo quedaba parte de su cabeza y hombro derecho.

– ¿Te vas a quedar ahí con la boca abierta o puedo ayudarte en algo? – El Cararroca se dirigía a Johnny Quaggan.

– Perdona… eres un enano, o lo que queda de un enano. – Afirmaba Johnny.

– Y tú tienes ojos en la cara. Premio para los dos. Me llamo Rhoban, por cierto. – Se presentaba el enano.

– Joder, menos mal que no ha entrado Dos Notas. – Cuchucheaba Tacoronte con Johnny.

–  Ya te digo, cualquiera le explica esto. – Le replicaba en voz baja Johnny.

– ¿Estáis aquí por los terremotos? – Le preguntaba Rhoban al grupo de Johnny.

– Esperábamos que nos pudiese ayudar a entender que está pasando en la isla. – Le contestaba el nigromante.

– Un torrente de energía mágica está creciendo bajo estas islas. Y esa energía va a parar directamente al volcán de esta isla. Mis hermanos y yo estuvimos a cargo de su control durante años y empleábamos cuatro máquinas para liberar presión y aplazar las erupciones. Entonces aparecieron Primordus y los malditos destructores. Dañaron las máquinas y mataron a los demás enanos. Yo soy el único que sigue en pie… es una forma de hablar. – Les explicaba los que queda del enano Rhoban.

– ¿Y si no activamos esas máquinas la isla hará “pop”? – Preguntaba Darleen al enano Rhoban.

– Así es, jovencita. – Le contestaba el enano.

– ¿Cómo podemos activar esos artefactos? – Johnny iba al grano.

– Esas máquinas solo responden a los enanos… Por suerte tengo algo que os ayudará a activarlas. Llevaos mi dedo. – Les pedía el enano.

– ¿Te queda un dedo? – Preguntaba Tacoronte.

– Sí, está ahí en el suelo. Es una de las ventajas de que te vuelen por los aires, te vuelves parcialmente portátil. Agarradlo y activad las máquinas con él. – Les explicaba Rhoban.

– Amigos, tenemos trabajo. – Johnny, Tacoronte y Darleen salían de la tienda y se dirigían al artefacto que el asura no era capaz de poner en marcha, mientras que Dos Notas y Peter el Bardo se quedaban ayudando a los skritts.

Una vez allí Johnny activó la máquina con el dedo del enano.

– ¡Asombroso! Ahora deberíamos activar el resto. He visto otras dos como esta, una en la costa occidental de la isla y otra en el cráter del volcán. ¡Buena suerte comandante! – El investigador asura se disponía a analizar la máquina mientras que Johnny y el resto avanzaban hacia la siguiente.

Tras un largo paseo por la costa de la isla, llegaron hasta lo que parecía un pequeño poblado instalado en mitad de ninguna parte.

– Mirad. Es un circo. Vamos a visitarlo. – La joven Darleen se adelantaba a Johnny y Tacoronte.

– ¿Un circo? ¿En las Islas de Fuego? Esto hay que verlo. – A Johnny le picaba la curiosidad.

– A mi me la trae floja. – Afirmaba Tacoronte, poco interesado.

Las instalaciones del poblado y el circo estaban construidas con los restos de lo que parecía ser un naufragio. Trozos de barcos y lonas hacían las funciones de tiendas y casetas. Cuando alcanzaron a Darleen se encontraba charlando con la maestra de celebraciones.

– ¡Clientes de verdad! No estábamos preparados para esto… un segundo… hmm hmm… ¡Bienvenidos al mejor y único circo de la Bahía de las Ascuas, donde podréis admirar las mayores maravillas en toda Tyria! ¿Os vendo una entrada? – Les suplicaba la maestra de celebraciones.

– No tenemos tiempo. Estamos buscando un dispositivo antiguo creado por enanos. No tiene que andar muy lejos. ¿Sabes algo de él? – Le preguntaba Johnny.

– Tenemos un artefacto como el que describes pero es parte del espectáculo. Si compráis una entrada os dejaremos pasar. – Les volvía a insistir con la entrada.

– No traemos dinero. – Contestaba Johnny.

– No, pero puede que lleguemos a un acuerdo. Nuestro amigo Tacoronte tiene una espada muy valiosa. Es de oro macizo. Se la entregó la misma Reina Jennah. – Darleen apuntaba a la espada dorada del charr.

– Eso… es más que suficiente… diría yo. – La maestra de celebraciones se puso nerviosa al ver tal espada tan preciada.

– Ni hablar. No les voy a entregar mi maldita espada. – Tacoronte se negaba a colaborar.

– Tacoronte no nos queda más remedio. Te lo compensaremos. – Johnny trataba de convencer al charr.

– Ni de coña. Ni por todo el oro del mundo. – Tacoronte se cerraba en banda.

– Ni por una bolsa repleta de monedas de oro. – Darleen le ofrecía dinero a cambio de su aportación a la causa.

– ¿Una… bolsa? – El charr empezaba a prestarle atención a Darleen.

– Sí, una bolsa, así de grande, hasta arriba de monedas de oro. – La joven humana le hacía un gesto con las manos indicándole el tamaño de la bolsa.

– ¿Así de grande?… ¿Y hasta arriba de oro? – Le preguntaba Tacoronte con los ojos iluminados.

– Sep. – Le contestaba la joven pelirroja.

– Esta bien… sí en verdad no la quería tanto. – Tacoronte soltó su espada de oro sobre las manos de la maestra de celebraciones.

– Me, me, me parece que será suficiente para el pago. Jejejeje. – Decía con una risa nerviosa la responsable del circo. – ¡Pasad y contemplar uno de los mayores misterios de la Bahía de las Ascuas! – Con un gesto la maestra de celebraciones les creaba un portal que les dirigió hasta la ubicación del segundo artefacto enano.

– Con esta ya solo nos quedan dos máquinas por encontrar. Próxima parada, el cráter. – Decía Johnny al activar el segundo artefacto con el dedo del enano.

– Un segundo, no os podéis marchar aún. – La maestra de celebraciones los llamaba antes de que abandonaran el circo.

– ¿Hay algo más? – Preguntaba con curiosidad Darleen.

– No, bueno, esto… le queríamos hacer entrega de este documento. – La maestra de celebraciones le entregaba con todos los honores un documento a Tacoronte.

– ¿De que se trata? – Preguntaba Johnny.

– Este documento certifica la adquisición del mejor y único circo de Las Islas de Fuego. – Leía en voz alta Darleen.

– Anda, enhorabuena Tacoronte, ahora eres empresario. – Johnny felicitaba a la vez que se burlaba del charr que se había quedado sin palabras.

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