Hacia las Islas de Fuego

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Frente a la puerta asura que da acceso al laboratorio de Rata Novus, una pareja de charrs esperaban a Rytlock.

– Parece que has ignorado numerosas órdenes de la Ciudadela Negra respecto a dar parte de tu estancia en la Niebla y de esta nueva… magia. Por eso se te ha despojado de tu rango y acusado de incumplimiento del deber. – Le hacía saber la charr encargada de llevar a Rytlock de vuelta a su hogar.

– Tienes que venir con nosotros, Rytlock… señor. – Decía el otro charr más temeroso.

– ¿Y si no voy? – Replicaba Rytlock a la pareja de charrs enviados desde la Ciudadela Negra.

– Tenemos autorización para usar la fuerza. – Le contestaba la charr.

– Pero no querríamos montar una escena. – El otro charr trataba de rebajar la tensión en el ambiente.

– Seguro que no, cachorro. – Les contestaba Rytlock condescendientemente. – Para que os encomendasen esta misión tenéis que ser los mejores guerreros de la Legión de Hierro… o los más gafes. – Continuaba Rytlock.

– Soy la numero uno de mi quinta. – Respondía la decidida charr.

– Pero parece que las dos opciones son correctas. – Añadía el otro charr.

– ¿Rytlock? – Intervenía Johnny Quaggan.

– Está bien, comandante, ya me encargo de arreglar esto. Parece que he subestimado la respuesta de la Ciudadela. – Le respondía el charr a Johnny. – Espero que disfrutéis con la medalla que os acabáis de ganar, soldados: vais a volver con Rytlock Brimstone a rastras. – Decía fríamente Rytlock dirigiéndose al par de charrs.

– ¿Sin violencia? – Preguntaba el charr temeroso.

– Eso dependerá del alojamiento. – Le replicaba Rytlock.

– Puedes quedarte con mi asiento. – Contestaba rápidamente el charr.

– Venga ya, Vikon. ¿También le vas a peinar? – La charr increpaba su acompañante.

– Siento perderme la diversión, comandante. Nos veremos tan pronto como me sea posible. – Se despedía Rytlock de Johnny y su grupo y se marchaba con la pareja de charrs en dirección a la Ciudadela Negra.

– Valla, primero se marcha Peter y ahora Rytlock. – Comentaba Dos Notas.

– ¡Hostias es verdad! ¿Dónde se ha metido Peter? – Johnny acababa de percatarse de la ausencia del norn.

– ¿Cómo habéis podido perder a un norn del tamaño de un dolyak en una ciudad de asuras?  – Taimi no daba crédito a la situación.

– Pues cuando íbamos a cruzar la puerta asura para entrar al laboratorio apareció un portal bajo sus pies y se lo tragó. – Dos Notas les explicaba lo que vio.

– ¿Y por qué no dijiste nada? ¿No te pareció raro? – Le preguntaba Johnny al sylvari azul.

– Lo siento Johnny, pero para mi todo en este lugar es muy raro, no sabía que era importante. – Se disculpaba Dos Notas.

– No os paséis con el pobre Dos Notas, él no tiene la culpa. – Darleen mediaba entre ellos.

– Él no tiene la culpa de haberse pasado toda su vida encerrado en La Arboleda. Ya nos ha contado esa historia una y otra vez. Menos mal que apareció en escena el encantador Mordremoth para hacerlo salir de su escondrijo. – Relataba Tacoronte.

– Dejad de pelearos, al final me voy a las Islas de Fuego solo. – Johnny amenazaba con dejarlos atrás.

– Personalmente me encantaría ir contigo, pero no he tenido mucho tiempo para trabajar en Pulgoso 2.0. Además. Tengo que dar inicio a los experimentos sobre aquellos que te conté sobre aquello nuevo… – Taimi hacía referencia a los experimentos de su laboratorio secreto.

– No te preocupes, con estos me sobra. – Le contestaba Johnny.

De pronto apareció un asura mal herido por la puerta asura:

– ¡Ayuda! ¡Que alguien me ayude! – Entraba gritando el asura.

– Windall, ¿qué ha pasado? – Taimi le preguntaba al asura malherido.

– ¡Las Islas de Fuego! Hemos perdido… al grupo. ¡No teníamos que habernos alejado de las bases principales! Cami los contuvo cuanto pudo, pero… – Les explicaba el asura.

– ¡No! ¿Salió con vida? – Le preguntaba Taimi bastante preocupada.

– No… ella… Han cambiado, Taimi. Los destructores de las Islas. – Contaba Windall.

– ¿Cómo que han cambiado? – Johnny interrogaba al asura.

– Ahora son como los resurgidos… y los mordrem. Imparables. Le contestaba Windall.

– ¿Resurgido y mordrem? ¿Qué quieres decir? – Taimi quería que se lo explicase.

– Ya no son como antes; atacan de formas distintas y … tienen un aspecto distinto. – Les contaba el asura malherido.

– Esta bien Windall. Lleváoslo y curadlo. – Ordenaba Taimi a unos asuras que se encontraban cerca.

– ¿Qué crees que significa todo esto? – Le preguntaba Johnny a Taimi.

– No estoy segura. Puede que… ¡Claro! Por eso Mordremoth podía… ¡Los mordrem, comandante! – Taimi ataba cabos en su cabeza.

– ¿Qué pasa con ellos? – Johnny no entendía que tenían que ver.

– ¡Los que salían de las vainas infecciosas! Mordremoth tenia sus propios siervos, los sylvari, ¿verdad? Pero podía crear más a partir de cadáveres. Ese poder provenía de Zhaitan. Al matar a Zhaitan, los demás dragones absorbieron el espectro de muerte, pero solo lo vimos en Mordremoth porque estaba activo. Luego matamos a Mordremoth y ahora Primordus ha absorbido una parte del espectro de mortalidad y vegetalidad. – Le explicaba la pequeña asura.

– Pues valla putada. – Respondía Johnny.

– Ya te digo. – Añadía Tacoronte.

– ¿Y si le traemos una muestra de esos nuevos destructores? – Preguntaba Darleen.

– Eso estaría genial. Tened cuidad e informadme de lo que averigüéis. Estamos en contacto a través del intercomunicador. – Respondía Taimi algo impaciente por recibir esas muestras.

– Ok, pues a las Islas de Fuego. – Johnny lideraba el paso por la puerta asura que les llevaría a su destino.

Los dos humanos, el charr y el sylvari cruzaron el portal y se encontraron con un paisaje desértico lleno de lava y rocas, con grandes acantilados frente al mar. Junto a la puerta asura habían montadas algunas casetas a modo de campamento. Junto a una de las casetas se encontraba una asura que les hacía señales.

– Bienvenidos a las Islas de fuego. – Les saludaba la asura ataviada de negro.

– Un nombre muy apropiado para el lugar. ¿Puedes ponerme al día de que está sucediendo aquí? – Le pedía Johnny.

– Aún estamos evaluando la situación, pero los resultados preliminares son preocupantes. La llegada de Primordus está teniendo un gran impacto en la isla. Están apareciendo destructores en cantidades nunca antes vistas, y la actividad sísmica y volcánica se está incrementando. – Le explicaba la asura de negro.

– Nos gustaría recoger algunas muestras de esos destructores ¿por dónde deberíamos empezar a buscarlos? – Preguntaba Darleen.

– Humm… No hace mucho enviamos un explorador al este. Yo empezaría por allí. – Le contestaba la pequeña de negro.

– Pues en marcha. – Johnny guiaba  su grupo hacía el este de aquella isla repleta de fuego y magma.

Mientras, aún en Rata Sum, en un laboratorio asura, Peter el Bardo está charlando tranquilamente con su raptor.

– No sabía que los asuras hacían una cerveza tan buena. – El norn halagaba la calidad de la cerveza que tomaba a la par que se empapaba el bigote.

– Los asuras somos capaces de todo, gran amigo. Pero en este caso… es importada. Esta la fabrican unos skritts. – Le explicaba el asura que lo acompañaba.

– Impresionante. – Peter no se lo acababa de creer.

– Bueno Peter, tal y como te he explicado, esta es una versión miniatura del Mortus Virge, un aparato diseñado por el Priorato capaz de detectar resurgidos, zombis y toda clase de muertos andantes. – El asura dejaba sobre la mesa un pequeño y redondeado artilugio.

– Y quieres que me acerque con él a Johnny, eso es fácil, pero no entiendo que vamos a sacar con esto. – El Bardo no sabía que estaba tramando el asura que lo arrastró a su laboratorio.

– Voy a ser lo más breve y conciso que pueda entendiendo que me dirijo a un norn. Hace doscientos cincuenta años hubo un grupo de humanos que escapó de Ascalon ante el asedio de los charr, siguiendo al príncipe Rurik.

– Conozco esa parte de la historia. – Replicaba Peter el Bardo.

– Bien, entre ellos destacaba uno, uno que superó la visión del Ojo de Janthir, se enfrentó al Manto Blanco, a los mursaat y a los titanes en la Boca de Abaddon. – Continuaba el asura.

– Ese tío se merece una canción. – Añadía el norn.

– Más de una, seguro. Pero lo más interesante viene ahora. A este hombre se le perdió la pista en el Reino del Tormento, cuando Abaddon fue derrotado por un grupo liderado por la entonces jefa de los Lanceros de Sol, Kormir. – Le explicaba el asura.

– …Y ella se abalanzó sobre la luz que Abaddon desprendió al morir y se convirtió en la diosa de la sabiduría. Esa historia también la conozco, pero sigo sin entender que tiene esto que ver con Johnny Quaggan. – Respondía Peter el Bardo.

– Pues que este hombre se llamaba John Quaggan. – Exponía el asura, como el que muestra sus cartas en una partida ganada.

– ¡No me jodas! – Peter salpicó de cerveza todo lo que tenía delante, asura incluido.

– No sabemos si estamos ante el mimo Quaggan, si es su descendiente o es pura casualidad, lo único que sé es que ese maldito fantasma de Hablion lo reconoció. Por no decir de lo sospechoso de que lo único que sabemos de su pasado es que lo rescataron hace unos años en un pantano abandonado del Valle de la Reina. Ah, sí, y que supuestamente es inmortal, eso también sería algo a destacar… Por eso quiero que te acerques a él con este aparato, tendría sentido que fuese un resurgido, eso explicaría algunas cosas, pero no todo, claro está. – El asura se explayaba con su explicación mientras se limpiaba del baño de cerveza que había recibido.

– Pues voy a comprobarlo ahora mismo. – Peter el Bardo se despedía de su acompañante asura.

– Esa es la actitud, ve a descubrirlo, pero recuerda, no se lo digas a nadie, el merito debe ser mío, el gran Historiador Zork. – Zork se despedía del norn con una mano mientras que con la otra apretaba un botón que creaba un portal bajo lo pies de Peter el Bardo, haciéndolo desaparecer.

A un mar de distancia el norn calló de culo sobre algo blandito.

– ¡Hola Peter! Veo que vuelves del mismo modo que te fuiste. – Dos Notas saludaba alegremente al norn que se levantaba y veía como había dejado chafado un destructor de Primordus.

– ¿Dónde demonios estamos? – Preguntaba el norn.

– Bienvenido a las malditas Islas de Fuego. – Le contestaba Tacoronte.

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