Fantasmas del pasado

Una nueva batalla comienza en el coliseo en las alturas del Pantano de la Hematites. Tras la huida de Caudecus han aparecido nuevos fantasmas en la zona, y entre ellos, el fantasma de un antiguo magistrado del Manto Blanco, Hablion.

– Johnny, te prometo que esta vez no he reventado ninguna esquirla de hematites, han aparecido solos. – Tacoronte le explicaba a Johnny que no había tenido nada que ver con la aparición de estos fantasmas.

– ¿Puedes encargarte del jefe? – Le preguntaba Johnny Quaggan a Tacoronte, que permanecía bajo los efectos del elixir que el historiador Zork le dio.

– Me he enfrentado a los fantasmas de Ascalon desde que tengo memoria, esto es pan comido. – Aseguraba el charr de armadura blindada.

El coliseo se convirtió en un campo de batalla, sobre sus muros, fantasmas y miembros de la Hoja Brillante se enfrentaban ferozmente, y en la plaza interior, Johnny y sus aliados frenaban la entrada de más fantasmas al recinto.

Nada más entablar combate, se fueron los efectos del elixir que había convertido a Tacoronte en un berserker gigantesco, y cayó abatido por la herida que se hizo en la cabeza al enfrentarse anteriormente al ensamblaje de jade.

– Ve Johnny, nosotros nos ocupamos de la entrada. – Rytlock, con la ayuda de Canach, Marjory y Peter el Bardo se encargaban de los fantasmas que iban llegando.

– Dos Notas, vamos. – Johnny le pedía al sylvari que le acompañara a ayudar a Tacoronte.

Cuando Dos Notas se acercó a Tacoronte, un área de invisibilidad los rodeó. El asura del Priorato les estaba ayudando con un drone para que pudiera curar al charr.

– Gracias señor afro. – Le agradecía Dos Notas al historiador Zork.

– Dada la situación… no te lo tendré en cuenta. – Contestaba el asura al sylvari.

– Vuelve a donde perteneces, espectro. – Le gritaba Johnny al magistrado del Manto Blanco.

– Esta vez acabaré con la Hoja Brillante de una vez por todas. Y otra vez tú, ¿Cómo es posible? – El magistrado Hablion se refería a Johnny Quaggan.

– No sé de que me hablas, pero voy terminar con esto. – Un aura oscura comenzó a rodear a Johnny, que se transformó en el segador, y con su guadaña golpeó una y otra vez al magistrado fantasma hasta hacerlo retroceder.

– Alzaos, mis elegidos. – Ordenaba el fantasma del magistrado Hablion, que con un gesto invocó a una docena de fantasmas que cargaron rápidamente contra Johnny.

– ¡Sois unos enclenques! – De un grito Johnny los debilitó y luego los golpeó haciendo un torbellino con la guadaña. De golpe los fantasmas parecían haber cobrado consciencia y empezaron a hablar.

– Nosotros éramos los elegidos, el Manto Blanco nos engañó. – Decía un fantasma.

– Hablion, tú nos traicionaste. – Gritaba otro.

– El Manto Blanco debía protegernos, fuimos asesinados. – Levantaba la voz otro fantasma y todos fueron a por Hablion, que en el pasado, traicionó a los elegidos y los sacrificó sobre la hematites.

– Yo te maldigo Johnny Quaggan, no sé porque aún sigues con vida, pero esta vez acabaré contigo y con la Hoja Brillante.

– Excélsior, ya no hay dudas. – El historiador Zork parecía entusiasmado presenciando tal espectáculo.

– ¿Cómo sabes mi nombre? ¡Responde! – Johnny no entendía cómo aquel fantasma sabía su nombre.

– Yo te destierro Johnny Quaggan. – El magistrado Hablion invocó un portal que apareció bajo los pies de Johnny y lo hizo desaparecer.

– ¡Johnny! – Gritó Dos Notas al verlo desaparecer ante sus ojos.

– Grrrr… esto se complica cada vez más. – Se quejaba Rytlock.

– Así pues, tú, un fantasma que ya fue una vez derrotado, va a encargarse de la Hoja Brillante. Inténtalo de nuevo. – Desafiaba Canach al magistrado Hablion.

– Dos Notas, ¡el cuervo! – Peter avisaba al sylvari.

– ¿Arriba? – Dos Notas parecía entender las señales que el cuervo le hacía. Todos miraron hacia arriba y, a cientos de metros vieron una sombra que caía en picado.

– Por los pelos de mi cola, ¿ese es Johnny? – Preguntaba Tacoronte al resto.

– El señor cuervo dice que os alejéis del magistrado. – Todos retrocedieron tras el aviso de Dos Notas.

– Espero no fallar, porque va a doler bastante. – Decía Johnny que, tras estabilizarse en su caída al vacío, se colocó boca abajo apuntando con el mandoble al suelo.

– ¡Ni si quiera la muerte puede detenerme! – Proclamaba Hablion justo en el instante en el que Johnny caía sobre él. El golpe fue terrible, hizo temblar todo el coliseo y creó un socavón en el suelo.

Tras golpear el suelo todo se puso negro para Johnny. Poco a poco fue sintiendo dolor, dolor por todo el cuerpo, creía que había muerto, pero aquel dolor era síntoma de que nuevamente había pospuesto su viaje a la Niebla. Fue abriendo los ojos lentamente. Una tenue luz le cegaba hasta que su visión se recobró completamente. Reconoció el lugar al instante. Estaba en su cama, en su casa del distrito de Salma, Linde. A su lado, dormida en una silla de madera antigua, la Condesa Larisa. Parecía agotada. Frente a su cama reconoció la vestimenta de noble del joven que se escondía entre las sombras.

– Portalín, ¿Qué ha pasado? – Le preguntaba Johnny.

– Me ha dicho un pajarito que has vuelto a hacer una de las tuyas. – Le contestaba el hipnotizador.

– ¿Cuánto tiempo llevo aquí?

– Dos días, pero tranquilo, estáis todos a salvo. En la otra habitación está descansando Taco, que también salió mal parado, aunque nada grave. – Le explicaba Portalín.

– ¡Hey Johnny! Por fin despertaste. – La pequeña Darleen, hermana de Larisa, lo saludaba enérgicamente.

– Hola renacuaja. – Johnny la llamaba cariñosamente así. Hay que recordar que Johnny y la Condesa Larisa fueron pareja, y en aquel entonces Darleen no era más que una niña. – ¿Y Dos Notas? – Se preguntaba Johnny.

– Ha salido a pasear con mi hermana. Está un poco depre, se ha muerto Garras, su skritta.

– Lo siento mucho por ella. – Se lamentaba Johnny.

– Por cierto Johnny, ¿Qué te parece mi armadura? – Darleen le mostraba su nueva armadura dorada al nigromante.

– Valla, parece que alguien ha heredado la armadura familiar. – Afirmaba Johnny, que ya había visto esa armadura antes.

– Sí. Nuestra pequeña Darleen ya forma parte de los serafines. – Decía Larisa cuando despertó.

– Y lo siguiente será la Hoja Brillante. ¡Quiero defender a nuestra reina! – Se mostraba orgullosa Darleen.

– Siento haberos dado este susto. Gracias por estar aquí. – Johnny les agradecía por cuidar de él, especialmente a la Larisa.

– Ahora descansa. Tienes que recuperarte. Todos necesitamos de vuelta a nuestro Comandante Johnny Quaggan. – La Condesa Larisa cogía de la mano a Johnny.

– Comandante sustituto. No lo olvides. – Le contestaba Johnny que cerraba los ojos y se dormía de nuevo.

Esta vez Johnny tenía una pesadilla. A su alrededor se estaba librando una batalla en un lugar que extrañamente le resultaba familiar. Soñaba que estaba en el Reino del Tormento enfrentándose a los margonitas. Una batalla sangrienta que cada vez sonaba más y más fuerte en su cabeza. De nuevo abrió los ojos y se topó con la batalla en persona. Más que una batalla era una pelea, una pelea de gatos para ser exactos. En su habitación estaba teniendo lugar una batalla entre su gato Risketos y un montón de gatos que no sabía de donde habían salido. Junto a él, sentados en unas sillas de madera antigua estaban Dos Notas y Pequeño Desastre, cada uno con un gato en su regazo.

– Hola Tito Quaggan. ¿Estás mejor? – Le preguntaba la joven ingeniera de los susurros.

– Ehh, sí, sí, me encuentro genial. – Contestaba Johnny algo aturdido por lo surrealista de la situación.

– Me alegro que estés bien amigo. – Le decía Dos Notas mientras acariciaba al gato que tenía en su regazo.

– Dos Notas… ¿Por qué está mi habitación llena de gatos? – Le preguntaba Johnny que ya sabía de quién era la culpa.

– Veras Johnny, resulta que la mascota de esta jovencita se ha muerto recientemente, y me acordé de que me dijiste que tenías un gato porque hacía compañía, y pensé que quizás con muchos gatos la ayudaría a estar feliz. – Se explicaba tranquilamente Dos Notas.

– ¿Y cómo piensas mantener a todos estos gatos? – Le preguntaba Johnny por curiosidad.

– Con las sobras de Tacoronte. – Respondía rápidamente el sylvari azul.

– Pues también es verdad. Pero en mi casa no se pueden quedar, además que alguno de esos gatos ya tienen collar… sus dueños los estarán buscando. Mira, si quieres les puedes dar de comer todos los días en la puerta. ¿Qué te parece? – Johnny trataba de negociar con el sylvari.

– Si a Pequeño Desastre le parece bien, a mi también. – Contestaba Dos Notas.

– Claro que sí. – Decía la hermana de Portalín jugando con uno de los gatos.

– Ok, pues aparcado el tema, vamos a ver que hay de comer que huele que alimenta. – Decía Johnny cuando le rugían las tripas del olor que venía de la cocina.

El nigromante se levantó de la cama y bajó  al salón. Allí se encontró con que sus amigos le había preparado un banquete en su propia casa. La mesa estaba decorada con unos lujosos manteles que para nada tenían que ver con los suyos. Bandejas de comida y jarras de bebida por doquier. Tacoronte comiendo a dos manos. Pequeño Desastre se sentaba junto a su hermano y a Darleen y brindaban juntos. Dos Notas abría la puerta de la casa y salían todos los gatos disparados por ella. La Condesa Larisa junto a su invitado y amigo de Johnny, Lord Faren, hacían un saludo al nigromante que se les unía en la conversación.

– Otra vez has vuelto de la tumba, eh Johnny. – Le saludaba Lord Faren.

– Y qué siga así por mucho tiempo. – Brindaba la Condesa Larisa.

– Larisa, ¿Qué tal os fue en la incursión? – Johnny se refería a la incursión que hicieron en una cueva de Umbral Verdeante, donde persiguieron a unos bandidos.

– Resultó bastante peligrosa, nos enfrentamos a bestias afectadas por la hematites, y descubrimos que los bandidos estaban trabajando para el Manto Blanco. Perdimos a algunos de los nuestros, y a la mascota de Pequeño Desastre. – Le explicaba la “anterior” comandante del Pacto.

– Supongo que ya sabréis lo de Caudecus. – Suponía Johnny.

– No se habla de otra cosa en la ciudad. – Afirmaba Lord Faren.

– El pobre Canach estuvo a un paso de obtener su libertad. Por cierto, Primordus ha despertado. – Decía Johnny y le daba un buen trago a su bebida.

– ¿Y qué vas a hacer? – Le preguntaba Larisa.

– Para empezar iré a visitar a Taimi. – Decía Johnny poco entusiasmado.

– Nosotros partiremos mañana de nuevo a la incursión. Han descubierto otro camino oculto en aquella guarida. – Le explicaba Larisa sus planes.

– Tened mucho cuidado. – Le decía Johnny a Larisa cuando sus miradas se cruzaban.

– ¡Pues yo me pienso encargar de un montón de bandidos! – Alzaba la voz la joven Darleen.

– Ey Tacoronte, he aprendido mucho en esos días que pasé en Maguuma, pero me gustaría mejorar un poco más, si es que se puede. Y verás, ¿Quién mejor que el mismísimo Tacoronte el matadragones para darme un par de clases? – Lord Faren le rogaba a su manera al charr para que le diera clases de combate.

– Lo siento pero paso. Mira como acabó Bongo, el tuerto lo llaman ahora. – Tacoronte no estaba por la labor.

– Pero te pagaré bien. Un Faren siempre cumple sus promesas. – Lord Faren mostraba la mejor de sus sonrisas.

– No me interesa. Espera… ¿Cómo era esa frase tuya…? Ahh ya. “Soy rico, ¿sabes?” – Le contestaba Tacoronte al playboy de Linde mostrándole la espada de oro que la Reina Jennah le había regalado.

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