En busca del ministro

el

Fue un miembro de la Hoja Brillante el que informó a Johnny sobre el paradero de Canach. Al parecer, el sylvari estaba tras las pista de Caudecus y lo había seguido hasta uno de los puntos más altos del lugar, un trozo de tierra gigantesco que había sido arrancado del suelo tras la explosión de la Hematites. Johnny y su colega Tacoronte comenzaron la subida a toda velocidad para encontrarse con Canach, mientras que Caithe se quedaba husmeando en la zona de la explosión.

El pedazo de tierra donde se debían encontrar con Canach era casi del tamaño de la plaza central de Linde y tenía varios niveles de altura. En el nivel más bajo se encontraron con el sylvari y compañía.

– Canach, me alegra verte de nuevo. Temía que te hubiera alcanzado la descarga. – Johnny se mostraba aliviado.

– Casi, pero al final… no. Tengo mis tropas formando un perímetro alrededor de este lugar. Quería ocuparme del ministro en privado. Solo te necesitaba aquí para confirmar los hechos, en caso de que algo salga mal. Además, me encontré con estos dos delincuentes y supuse que los de la Guardia de la Eternidad podrían encargarse. –  Canach se refería a Rytlock y Marjory que se encontraban con él.

– Marjory, Rytlock, justo a tiempo. – Los saludaba Johnny.

– Era lo único de lo que se hablaba en Linde de la divinidad. ¿Canach, estás bajo las órdenes de…? – La pregunta de Marjory fue interrumpida por el sylvari.

– La Condesa Anise… está muy preocupada por el bienestar del ministro Caudecus. Lo mandaré a casa a menos que el ministro, inocente mientras no se demuestre lo contrario, haga algo que me haga cambiar de idea. – Decía Canach con tono irónico.

– Debe de estar deseando que cambies de idea. – Le contestaba Marjory, la nigromante humana de Guardia de la Eternidad.

– Me pidieron discreción con este tema, peeeero diré esto: Sí. – Canach se mostraba dispuesto a ir a por Caudecus.

– Antes de encontrarlo… puede que Caudecus estuviera detrás de la explosión de la Hematites y absorbiera parte de su poder. – Explicaba Johnny al grupo.

– Es una pasada hacer volar esas hematites. – Quedaba un poco fuera de lugar la afirmación de Tacoronte.

– Si es así no podemos dejarlo suelto en Kryta, o tal vez su premio esta vez sea toda Tyria. – Opinaba Marjory.

– Solo quiero liberarme del yugo de Anise. Lo de salvar el mundo solo sería una consecuencia beneficiosa. – Contestaba el sylvari Canach, que trabaja bajo las ordenes de la Condesa Anise para ganarse su libertad tras su oscuro pasado.

– Tenemos compañía. – Rytlock señalaba un pequeño grupo de miembros del Manto Blanco que patrullaba la zona.

Con Rytlock y Tacoronte repartiendo a diestro y siniestro el combate no duró demasiado.

– A estos guardias del Manto Blanco no les afecta la hematites como a los otros con los que luché. Deben haber llegado después de la explosión. – Explicaba Johnny al resto.

– Entonces vinieron con Caudecus, estamos cerca, vamos. – Señalaba Canach un camino tras una puerta de piedra.

Tas esquivar un par de trampas de pinchos del suelo, el grupo se encontró frente a unas esquirlas de hematites instables del tamaño de un humano  que emanaban una energía roja. Canach fue alcanzado al acercarse demasiado a una de ellas.

– Demasiado cerca de esta hematites… no tengo fuerza en las extremidades. – Se quejaba el sylvari la ser rodeado por la magia de la hematites.

Johnny se acercó a la hematites inestable y también fue rodeado por la energía que desprendía, pero fue capaz de contrarrestarla, y de un golpe de su mandoble hizo añicos la esquirla.

– Buen trabajo Comandante, ahora si pudiera convencerte de encargarte del resto… – Canach dejaba que Johnny se encargara de las esquirlas de hematites.

– ¿Cuándo has aprendido a hacer eso, Comandante? – Le preguntaba Marjory a Johnny.

– No lo sé, simplemente sabía lo que tenía que hacer. – Contestaba Johnny a Marjory mientras se encargaba de las otras esquirlas.

– Interesante. Al contrarrestar la magia de estas hematites, se devolverán todas las propiedades mágicas que absorbió. Se de cierta asura orejuda a la que le encantaría estar aquí para estudiar esto… – Marjory se refería sin duda alguna a Taimi.

– ¡He oído eso! – Se escuchaba la voz de Taimi a través del intercomunicador de Johnny Quaggan.

– ¡Trabaja más deprisa! ¡Estas esquirlas no se recogen solas! – Se escuchaba una voz al otro lado de la puerta de piedra que les cerraba el paso.

– Parece que están al otro lado. – Afirmaba Rytlock que se preparaba para el combate.

– Déjame ir delante, Rytlock. Me dieron órdenes muy específicas de cómo llevar esto a cabo y necesito que lo profanes con tu tendencia a destruir a ciegas. – Le pedía Canach a Rytlock.

– Como esa sea una referencia a la venda… – Amenazaba Rytlock al sylvari de armadura mostaza.

– Basta de charla, Tacoronte… – Johnny daba la orden y el charr la ejecutaba.

– Vamos allá. – De una patada, el charr bajito abrió las puertas de par en par.

– Ministro Caudecus, está claro que… – Canach cruzaba la puerta corriendo en busca del ministro, espada en mano, pero Caudecus no se encontraba allí. – …No está aquí. Rytlock, ¡Destruye! . – Le ordenaba el sylvari al charr.

– Será un placer. – Rytlock desenfundó el arma y cargó contra los guardias del Manto Blanco que se encontraban recogiendo esquirlas de hematites. Tras acabar con la magistrada del Manto Blanco que daba las órdenes y varias oleadas de sus secuaces, el grupo siguió la marcha. Esta vez subían por unas escaleras de ladrillos de piedra que conducían a la parte más alta del lugar.

– Entonces Johnny, ¿en serio crees que Caudecus hizo que la descarga se revirtiera? – Preguntaba Marjory al nigromante.

– Es posible. Nos encontramos con Caithe en la zona de impacto y determinamos que algo o alguien absorbió la mayor parte de la magia. – Contestaba Johnny Quaggan.

– ¿Qué hacía Caithe allí? – A Marjory le preocupaban las intenciones de Caithe.

– Investigaba la descarga. Me pidió que la perdonara por robar el huevo… y por lo demás. – Le explicaba Johnny.

– Mmm… Yo no sé si podría. No creo que la gente pueda cambiar tanto. – Marjory dudaba de las intenciones de Caithe.

– Me costaría mucho culpar a Caithe por sus acciones mientras Mordremoth vivía… Pero será mejor reservar el debate filosófico para cuando nos hayamos ocupado del ministro. – Decía Canach cuando llegaron al final de las escaleras. Frente a ellos había una puerta que daba acceso a un pequeño coliseo con muros de piedra con símbolos del Manto Blanco.

– ¡Pues démosle descanso al hombre! – Rytlock tenía ganas de entrar en acción.

– Creo que te refieres a ponerlo a salvo. – Canach corregía a Rytlock.

– Bah, jamás entenderé la política humana. – Se quejaba el Tribuno charr.

– Que me vas a contar… – Tacoronte apoyaba su afirmación.

– Guarda silencio, gladio. – Rytlock menospreciaba a Tacoronte por no haber formado parte nunca de una escuadra charr.

La discusión se acabó repentinamente cuando oyeron unas voces procedentes del coliseo. Parecía la voz del ministro, y parecían estar discutiendo sobre su liderazgo.

– Es él. ¿Todos listos para aguarle la fiesta? Hora de patear la puerta. – Canach reconoció la voz del ministro y todos se prepararon para el combate. De nuevo Tacoronte echó la puerta abajo de una patada.

– ¡Ministro Caudecus! Es evidente que el Manto Blanco te ha hecho prisionero. Estoy aquí para liberarte y llevarte de vuelta al Palacio Real. – Desde el centro del coliseo Canach daba su mensaje al ministro Caudecus. Frente a ellos, un grupo de agentes del Manto Blanco y un enorme elemental de jade cortaban el acceso a la zona alta del coliseo, donde se encontraban Caudecus y su acompañante, Lady Valette Wi, hija del ministro Wi.

– ¿Podemos dejar la farsa, hoja ignorante? ¡No pienso volver a Linde de la Divinidad hasta que la corona sea mía! – Proclamaba el ministro Caudecus mientras el coliseo se llenaba de más miembros del Manto Blanco.

– Para que me quede claro, ¿estás admitiendo tu asociación con el Manto Blanco? – Canach quería que Caudecus le diera una respuesta que ya conocía.

– ¿Estas tonto? ¡Soy su líder supremo! ¡Y me llevarán directo al trono de Kryta! – Afirmaba el ministro.

– Comandante, ¿has presenciado eso? – Canach le hacía una pregunta retórica a Johnny Quaggan.

– Claro que sí amigo. – Johnny respaldaba a Canach.

– Entonces, por la providencia que me concede la Condesa Anise, te dicto sentencia, Caudecus Piedramazo. Hoy es tu último día en Tyria. ¡Permite que mi filo se despida de ti. – El sylvari desenfundaba su arma y dictaba la sentencia a muerte de Caudecus.

– Pero que bien habla este sylvari, igualito que Dos Notas… – Le comentaba Tacoronte a Johnny en voz baja.

– Ahora no es momento, zoquete. – Le regañaba Johnny.

– ¡A por ellos!, ¡activa esa cosa! – Caudecus dio la orden y el enorme elemental despertó, lanzando a los miembros del Manto Blanco cercanos a volar por los aires.

– Creo que podemos asumir que Caudecus no absorbió la magia de la Hematites, si no nos enfrentaría él en persona. – Deducía Canach cuando el combate acababa de comenzar.

– Rytlock y Tacoronte, encargaros del elemental, el resto vamos a por los demás. – Johnny dirigía el ataque.

– Veamos de que está hecho. – Tacoronte saltaba sobre el elemental de jade y le encajaba un cien filos.

– No le estamos haciendo prácticamente nada. – Se quejaba Rytlock que veía como sus ataques apenas tenían efecto sobre el enorme elemental.

– Me cago en todo el Mar de Jade, ¿te crees muy duro, eh? – Tacoronte se cabreaba mientras esquivaba los golpes del elemental, y aprovechando una apertura, le propinó un terrible cabezazo que hizo lo retroceder.

– ¿Estás bien, gladio? – Se preocupaba Rytlock al ver que Tacoronte caía al suelo tras el cabezazo.

– Joder, está más duro que la puerta de Taidha Covington. – Se quejaba Tacoronte que casi pierde el conocimiento tras el cabezazo.

En ese momento el enorme ensamblaje de jade se disponía a rematar al charr abatido, pero de la nada surgió en enorme martillo que lo detuvo.

– No te muevas Taco, vamos a ayudarte. – La voz de Dos Notas resonaba en la cabeza aturdida del charr.

– No me llames Taco… hostias. – El charr peleón se quejaba con la poca fuerza que le quedaba.

– Dos Notas, Peter, me alegra que nos halláis alcanzado. – Johnny saludaba a sus amigos.

– Ejem, ejem, supongo que nadie se percató de mi presencia, algo impensable con el look que me proporciona el afro. Pero bueno, estoy aquí para cambiar las tornas del combate. – El asura afro del Priorato de Durmand hurgaba en su mochila, y cuando todos creían que sacaría algún artefacto que les diera una ventaja en el combate… – ¡Excélsior! Este elixir único nos dará la victoria. – El historiador dejó caer el contenido del brebaje sobre el casco del charr abatido.

– ¡Que lo vas a ahogar! – Le gritaba Johnny al historiador Zork mientras combatía a los pocos miembros del Manto Blanco que quedaban en pie. De pronto, el cuerpo de Tacoronte empezó a crecer, el pequeño charr se convirtió en un gigante del tamaño del ensamblaje de jade.

– Buahahaha, me siento como nunca. – Tacoronte se puso en pie, fue a recoger su mandoble, pero se le había quedado pequeño. – Hagámoslo por las malas, ven aquí cacho piedra. – El gigantesco charr veía venir al elemental de jade y cuando lo tuvo enfrente le propinó un golpe salvaje con su puño que lo lanzó hacía atrás y lo hizo estallar contra la pared del coliseo. – ¿Quién es el siguiente? – Tacoronte miraba desafiante a los pocos miembros del Manto Blanco que salieron corriendo como ratas.

– ¡No me detendrás! El trono krytense se construyó sobre la sangre del Manto Blanco y nosotros somos sus legítimos herederos. – Proclamaba Caudecus. Pero tras sus palabras, algo o alguien hizo su aparición en escena, dejando atónitos a todos los que allí se encontraban.

– ¡Eres un hereje, Caudecus! No guiarás al Manto Blanco, ¡pues yo soy su dios! – Sin duda alguna era un Mursaat el que apareció ante ellos.

– ¿Qué? Es imposible… – Caudecus se quedaba sin palabras.

– Soy el mursaat al que hace años conocieron como Lázaro el Nefario. ¡He vuelto desde el umbral de la existencia! – El mursaat se presentaba.

– ¡No! ¡Eres un falso dios! ¡No le escuchéis! – Ordenaba Caudecus a sus subordinados del Manto Blanco.

– Palabras vacuas de la lengua bífida de una serpiente. La sede del poder humano y su actual monarca son intrascendentes. Estamos destinados a ocupaciones más virtuosas. Mis verdaderos creyentes, sois bienvenidos si queréis buscar refugio en mi luz. Los que dudáis… podéis abrazar las llamas. – Tras estas palabras el mursaat desapareció, dejando un rastro de llamas que ocupaba gran parte del coliseo.

– Canach, ve a por él. – Marjory le cubría las espaldas al sylvari.

– ¡No te quedes ahí con la boca abierta! ¡Sácame de aquí! – Le gritaba Caudecus a la joven Valette, hija del ministro Wi, al ver como el Canach, de un gran salto, llegaba a lo más alto del coliseo. El sylvari corrió hacia ellos cargando con su espada, pero un segundo antes de que pudiera alcanzarlos escaparon por un portal que la joven Valette preparó para la huida de Caudecus.

– ¡Noooo! – Se lamentaba Canach de haber llegado tarde, mientras el portal desaparecía bajo sus pies. – Se ha escapado. – Decía Canach a sus colegas que finalmente llegaron junto a él.

– Tampoco parece que haya ningún rastro de Lázaro. Deberíamos avisar a la reina de inmediato. – Comentaba Marjory.

– Como Caudecus no muestra signos de exceso de poder, debemos asumir que es Lázaro quién estaba tras la descarga. Tenemos que encontrarlo y averiguar qué pretende hacer con toda esa magia. – Suponía Johnny.

– Caudecus también querrá darle caza. No entregará el Manto Blanco tan fácilmente. – Apuntaba Canach.

– Entonces, será una buena forma de empezar el clan nuevo: una crisis, y, con suerte, una que no acabe con el mundo. –

– Así es como prefiero las crisis. – Contestaba Canach.

– Comandante, ¿me recibes?, tengo noticias. – La voz de Taimi resonaba por el intercomunicador de Johnny.

– Estoy aquí Taimi, ¿Qué ocurre? – Se preguntaba Johnny.

– Algo posiblemente, ligeramente, marginalmente… cataclísmico. Finalmente conseguí lecturas ley detalladas a partir del mapa, y determiné, bueno… que Primordus está activo.

– Por los seis, dadme un respiro. – Se quejaba Johnny, exhausto de tanta acción.

De pronto, unas voces desde el centro del coliseo llaman su atención, al darse la vuelta se encuentra con que Tacoronte y los demás que se encuentran abajo están peleando con un puñado de fantasmas del Manto Blanco, y lo que es más grave, acaba de aparecer el fantasma de un magistrado.

– A la mierda con todo. – Johnny, aceptando lo desgraciado que es, desenfunda de nuevo su mandoble de línea ley y salta al coliseo a enfrentarse al magistrado del Manto Blanco.

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